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Good leaver / Bad leaver en los esquemas de vesting

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Good leaver / Bad leaver en los esquemas de vesting

En cualquier operación de M&A, ronda de financiación o estructuración de un equipo fundador, los esquemas de vesting han dejado de ser una novedad para convertirse en un estándar. Sin embargo, dentro de esa arquitectura de incentivos y retención, existe una distinción que con frecuencia se negocia sin la profundidad que merece: la diferencia entre un good leaver y un bad leaver. Una cláusula que, en apariencia, ocupa pocas líneas del contrato, puede determinar si un fundador o directivo sale de la compañía con una participación relevante o prácticamente con las manos vacías.

El vesting es el mecanismo por el que un beneficiario (ya sea cofundador, directivo o empleado clave) adquiere de forma gradual el derecho pleno sobre su participación en el capital o sobre opciones de compra. Ahora bien, el vesting no opera en el vacío. La causa por la que una persona abandona la compañía determina qué ocurre con la participación no consolidada y, en muchos casos, también con la ya consolidada. Ahí entra la distinción entre good leaver y bad leaver.

Se considera good leaver a quien abandona la compañía por razones ajenas a su voluntad o que, aun siendo voluntarias, responden a circunstancias objetivamente justificadas. Los supuestos más habituales incluyen el fallecimiento, la incapacidad permanente, la jubilación, el despido improcedente o sin causa justificada, o la salida acordada con el órgano de administración.

Las consecuencias para el good leaver son, en términos generales, más favorables: se le reconoce el derecho a conservar la participación ya consolidada (vested) y, en algunos esquemas, se le permite adquirir una parte de la no consolidada (unvested), proporcional al tiempo transcurrido o en función de un porcentaje pactado. En operaciones más sofisticadas, se contempla incluso la posibilidad de que el good leaver retenga íntegramente todo lo consolidado y negocie condiciones especiales sobre el resto.

El precio de recompra, cuando existe, suele referenciarse al valor de mercado de la participación (fair market value) o a un precio no inferior al valor contable, lo que ofrece una salida económicamente razonable.

La categoría de bad leaver agrupa aquellos supuestos en los que la salida es voluntaria sin causa justificada, la dimisión unilateral, por ejemplo o, más grave aún, consecuencia de conductas que dañan a la compañía: despido por causa grave, incumplimiento de acuerdos de no competencia o confidencialidad, o comportamientos fraudulentos.

El tratamiento contractual es más punitivo. El bad leaver pierde la participación no consolidada y, según la estructura del acuerdo, puede verse obligado a transmitir incluso la ya consolidada, normalmente a un precio simbólico o muy inferior al de mercado, en ocasiones, al precio de adquisición original o a un múltiplo mínimo.

Desde la perspectiva del asesoramiento jurídico en M&A y operaciones societarias, la negociación de estas cláusulas exige atención a varios puntos de tensión.

  • En primer lugar, la definición precisa de cada supuesto: los conceptos jurídicos indeterminados, «causa justificada», «conducta desleal», «incumplimiento grave», deben concretarse para evitar litigios futuros.
  • En segundo lugar, el precio de recompra: la diferencia entre valor de mercado y valor nominal puede suponer millones de euros y es el verdadero campo de batalla en la negociación.
  • En tercer lugar, la interacción con el pacto de socios: estas cláusulas no pueden analizarse de forma aislada; deben articularse coherentemente con los derechos de arrastre (drag-along), acompañamiento (tag-along) y las restricciones a la transmisión.

 

Por último, en el contexto español, conviene revisar la compatibilidad de estas estructuras con la normativa laboral y la regulación fiscal aplicable, especialmente cuando el vesting se instrumenta a través de opciones sobre acciones o de entrega directa de participaciones.

La distinción good leaver / bad leaver no es una formalidad contractual. Es una herramienta de gobierno corporativo que distribuye riesgo, alinea incentivos y protege a quienes construyen la compañía. Negociarla con rigor, desde el primer día y con asesoramiento especializado, puede marcar la diferencia entre una salida digna y una pérdida patrimonial significativa.

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