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Dark patterns y e-commerce: el nuevo riesgo legal que llega con el Digital Fairness Act

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Dark patterns y e-commerce

Dark patterns y e-commerce: el nuevo riesgo legal que llega con el Digital Fairness Act

El comercio electrónico ha evolucionado hacia entornos altamente sofisticados, diseñados para incrementar las tasas de conversión y optimizar el rendimiento comercial. Sin embargo, algunas técnicas de diseño persuasivo han cruzado los límites convirtiéndose en prácticas manipulativas conocidas como dark patterns.

Con la próxima aprobación de la Digital Fairness Act (en adelante “DFA”), estas prácticas pasarán de ser una cuestión meramente reputacional a un riesgo jurídico para cualquier operador de e-commerce, reforzando la protección del consumidor digital y ampliando el alcance de las obligaciones ya establecidas por la normativa actual.

Novedades del Digital Fairness Act

El objetivo de esta nueva normativa es dar respuesta a la sofisticación creciente de las técnicas de manipulación digital, ya que, a pesar de que la normativa europea ya contemplaba la prohibición de prácticas comerciales engañosas u omisiones relevantes, la DFA añade tres elementos importantes:

  • Regulación expresa del diseño de interfaces, tipificando de forma más directa la manipulación del comportamiento a través del diseño de interfaces, reconociendo que la arquitectura digital puede condicionar decisiones económicas.
  • Protección reforzada frente a la explotación de vulnerabilidades, atendiendo especialmente a los consumidores vulnerables, como menores o personas mayores.
  • Coordinación con otras normas digitales, integrándose en un ecosistema normativo que incluye la Ley de Mercados Digitales y el Reglamento General de Protección de Datos, ya que un mismo diseño puede entrañar riesgos simultáneos en materia de protección de datos, competencia y consumo.

¿Qué tipo de prácticas se consideran dark pattern?

Los dark patterns son técnicas de diseño que inducen al usuario a tomar decisiones que no habría adoptado en condiciones de transparencia y equilibrio informativo.

No obstante, no toda persuasión es ilícita, ya que la clave jurídica está en la existencia de manipulación o distorsión significativa del comportamiento económico.

Entre las prácticas más relevantes se encuentran:

  1. Confirm shaming, mediante el uso de mensajes diseñados para avergonzar al usuario para que acepte una opción que, en otras condiciones, probablemente rechazaría. Este mecanismo recurre a formulaciones emocionalmente cargadas que introducen un sesgo afectivo en el proceso decisorio, al asociar la opción de rechazo con una connotación negativa o socialmente indeseable, condicionando así la libertad de elección del consumidor.
  2. Obstaculización de la cancelación, que se manifiesta cuando la suscripción o contratación puede realizarse en uno o dos clics, pero la baja del mismo exige múltiples pasos, formularios opacos o incluso la obligación de contactar telefónicamente.
  3. Escasez artificial y presión temporal, con mensajes como “solo quedan 2 unidades” cuando no responden a datos reales o verificables, acelerando la decisión de compra a través de la explotación del sesgo de urgencia y del miedo a perder la oportunidad.
  4. Interferencia visual, con diseños que destacan de forma exagerada la opción más favorable para la empresa y minimizan la alternativa del consumidor, a través del uso de botones de gran tamaño, colores llamativos, ubicaciones preferentes, etc.

Sanciones al realizar prácticas prohibidas

La entrada en vigor de la Digital Fairness Act también eleva el riesgo sancionador que, siguiendo la línea de otras normativas digitales europeas, las sanciones podrán calcularse como un porcentaje del volumen de negocio anual global, lo que supone que grandes plataformas puedan enfrentarse a multas millonarias por la práctica de estos actos.

Además, las autoridades nacionales de consumo podrán exigir la retirada o modificación de interfaces en plazos breves, lo que conlleva un impacto operativo directo, como el rediseño urgente, paralización de campañas y posibles afectaciones a tasas de conversión.

Asimismo, el fortalecimiento del marco regulatorio facilita la promoción de acciones colectivas por parte de asociaciones de consumidores, ampliando así la exposición de las empresas a consecuencias tanto judiciales como reputacionales. En este contexto, las compañías pueden enfrentarse no solo a investigaciones por parte de las autoridades competentes, sino también a estrategias de litigación coordinadas orientadas a cuestionar e impugnar prácticas digitales de carácter manipulativo.

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